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lunes, 24 de mayo de 2010

La revolución es un sueño eterno

Me veo, en alguna de las desveladas noches en que recupero al orador de la revolución, al representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú, montando a caballo y largándome sin rumbo, el sol en la cara. (Ocurre en la mañana -¿te lo dije ya?-, y el río yace tenso, inmóvil y violáceo contra el horizonte.) Cansado y joven, hundo la mano en el bolsillo de la chaqueta, y alzo la pistola, lustrosa, aceitada, a la altura de mi corazón.
(Toco, ahora, ese bulto duro, lustroso y aceitado que reposa en el bolsillo de la chaqueta que visto, junto a papeles arrugados en los que, todavía, se lee SOY CASTELLI y PAPEL PLUMA TINTA.)
Veo, cuando alzo la pistola, lustrosa, aceitada, a la altura del corazón, el río, inmóvil y tenso y violáceo contra el horizonte, y el sol, quizá, al este del horizonte, y a Moreno, pequeño y enjuto, de pie sobre el piso de ladrillos de su despacho en el Cabildo, la cara lunar, opaca, que no fosforece, bajo el alto techo encalado, que me dice, con esa como exhausta suavidad que destilaba su lengua e impregnaba lo que su lengua no repetiría, vaya y acabe con Liniers. Escuche, Castelli, a Maquiavelo: Quien quiera fundar una República en un país donde existen muchos nobles, sólo podrá hacerlo después de exterminarlos a todos. Extermine a Liniers y a los que se alzaron con Liniers. Extermínelos, Castelli. Veo, la boca de la pistola apoyada contra la carne y los huesos que cubren mi corazón, a Moreno, la cara lunar, opaca, que no fosforece, como si flotase en los girones de sombra que la noche de julio instala en su despacho, y que dice, suave la voz y exhausta: Si vencemos, se hablará, por boca de amigos y enemigos, todo el tiempo que exista el hombre sobre la tierra, de nuestra audacia o de nuestra inhumana astucia. Si nos derrotan, ¿qué importa lo que se diga de nosotros? No estaremos aquí, Castelli, para escucharlos, ni en ningún otro lado que no sea dos metros debajo de donde crece el pastito de Dios.
Sin precipitarme, la luz del sol y de la mañana en mi cara, aprieto el gatillo. El caballo tal vez se sobresale por la detonación -no demasiado, viene de la guerra -, pero, luego, cuando se serene, paseará un cuerpo, caliente aún, que ya no pertenece a nadie, por la ciudad que ese cuerpo amó.
En esas desveladas noches de las que te hablo, pienso, también, en el instransferible y perpetuo aprendizaje de los revolucionarios: perder, resistir. Perder, resistir. Y resistir. Y no confundir lo real con la verdad.

(Andrés Rivera, La Revolución es un sueño eterno, Buenos Aires, Alfaguara, 1999. El resaltado es mío)

lunes, 17 de mayo de 2010

Delegación de un destino

Promediando el siglo XVII en una Europa que, en ese entonces, era mucho más lejana que hoy en día, surgía el pensamiento contractualista que caracterizará a la filosofía política moderna. De la mano de Thomas Hobbes, y su célebre Leviatán, el Estado comienza a concebirse como fruto de un acuerdo entre los hombres. Tiempo después, el mismo recurso teórico será utilizado por John Locke y, ya en el XVIII, por Jean Jacques Rousseau.

Como hemos aprendido desde la escuela primaria, este último pensador es el que ha tenido una relación más directa con nuestra propia historia. A días del bicentenario, no viene mal recordar la fuerte influencia rousseauniana en los revolucionarios de mayo. Tal es el caso de Mariano Moreno, que en 1810 publica su traducción de El Contrato Social.

Sin embargo, faltaba mucho tiempo para que la filosofía política rioplatense encontrara su teoría del contrato. Revoluciones y contrarrevoluciones, guerras de independencia, luchas internas, civilización y barbarie marcaron los años que siguieron a la muerte de Moreno. La historia siguió su curso, y el nuevo siglo nos mostró una forma de Estado peculiar.

Hace unos días me sugirieron para este blog un capítulo de "El hombre que está solo y espera", comparándolo con los contractualistas. Luego de leerlo, coincidí en que la referencia era obligada. Desde el sur, y cuando la figura del contrato había perdido el protagonismo que tuviera casi trescientos años antes, Scalabrini Ortiz reflexiona sobre la génesis del Estado a partir de la idiosincrasia porteña.

Transcribo fragmentos del capítulo "Delegación de un destino", descripción precisa y certera escrita en la década del ´30, pero que nos caracteriza hasta el día de hoy.


Pero el hombre porteño está retenido junto al desencadenamiento del tiempo por el sentimiento de su imputabilidad en los destinos del espíritu de su tierra, al que su destino está afectiva e inmodificablemente trenzado. Para eximirse de esa responsabilidad, de la que es autor y agente, el hombre se amputa una fracción de sí mismo, y cede a la colectividad algunos de los derechos y de los deberes que a sí mismo se confiere.

Así nace en el hombre porteño, por fulguración de su individualismo cósmico, un sentimiento colectivista. El estado es una delegación del hombre porteño, en que el Hombre de Corrientes y Esmeralda se salva de ideas de temporalidad. Nacido, pues, del convencimiento de su fugacidad, el estado brota de abajo, de la muchedumbre, y es casi una redención. No es el estado argentino una tiranía de principios abstractos, es una construcción humana, fundada en la índole metafísica del país, una creación del pueblo solidario, realizada a pesar de los engreimientos dañinos, de las infidencias de fines, de las sórdidas ambiciones de los que debieron ser directores de la organización. Por eso, los europeos, aun los más clarividentes miradores, no enterados de estas vetas ocultas,
“se sorprenden del grado de madurez a que ha llegado aquí la idea del estado” que barruntaban “aún vago, de aristas poco acusadas y apenas diferenciado del gran protoplasma social”, es decir, que barruntaban simple calco, sin alma.

Para que la excepción de responsabilidad sea completa, y el hombre porteño pueda reposar en ella, el estado debe parecer automático. El estado mismo debe evacuar sus necesidades, encontrar su personal representativo, adaptarse a las incidencias del azar, precaver las insidias de sus enemigos externos e internos, ser casi omnipotente en las jurisdicciones de tiempo y de espacio, en que se plasman los hechos de la historia y de la disciplina social. Por eso, en el parecer porteño, todo porteño debe cumplir la función que el estado le encomienda y nada más que ella. Desobedecerlo es disminuir su autoridad. Extralimitarse, arrogarse misiones impropias del cargo, es también lastimar la idea del estado, exponerlo a la buena voluntad de los individuos. En ambos casos, el sentimiento de la responsabilidad se aviva en el porteño, y el hombre cae de nuevo en la historia, en la comparación con otros estados, en sus diferimientos, en el estudio de sus puntos débiles, y queda insertado en la sucesión del tiempo de donde justamente quería zafar.

El que desacata al estado o lo tutela es, por lo tanto, enemigo de la tranquilidad porteña, y el Hombre de Corrientes y Esmeralda lo castiga con todo rigor de indulgencia. El ladrón que huye, por ejemplo, debe ser apresado por el vigilante. Los particulares que se entrometen, por plausible que sea su intención en sí, son censurables. El vigilante es el personero del estado en esa actividad y el único, por lo tanto, a quien compite causarla, aunque no sea el más idóneo personalmente. Nadie se burlará del vigilante que sufre un fiasco en la persecución del delincuente, que se rezaga o se cansa. Todos se reirán del meterete que quiso cooperar, se reirán con esa temible socarronería que el porteño utiliza solamente en casos graves.

(…) “No te metas en las pertenencias en que señorea la nación; en el resguardo de las personas y los bienes, en el mantenimiento del orden y de la moral”. Quien transgrede esas prerrogativas estaduales es pasible de pena. El ridículo es la que generalmente endosa la clemencia del Hombre de Corrientes y Esmeralda.

Por otra parte, mientras el centralismo del estado no hiere sus derechos, lo que no es fácil pues él los prohíja meticulosamente, el individualismo del Hombre de Corrientes y Esmeralda gana con esta delegación. Al emanciparse de la administración de todo destino ajeno al suyo personal, hasta del destino del espíritu de su tierra que es uno de sus pocos amores, quizá el más absorvente, pero que está emponzoñado por la idea del tiempo, queda más libre en una soledad más lícita: solo con sus divagaciones. Así espera la coordinación que algún día sobrevendrá de sus instituciones escritas y de sus sentimientos. El no hace nada, porque está convencido de que su movilidad sería nociva para los demás porteños y estéril para la nación, en quien delegó sus atribuciones. Y es tan completa la delegación, que el porteño se permite hablar mal del estado. Si él lo perjudica con sus habladurías, el estado tiene medios para hacerlo callar. Pero él no protege al estado con su silencio.